22.3.12

Una torta del día de los muertos (Denise Levertov)

Cada vez que abro un libro tuyo, madre,
me caen tus apuntes en la falda.
“Ábside: una abertura semicircular
o en forma de polígono,
por encima de un techo abovedado”,
dice una. Me acuerdo de las grietas
que había en tu cielorraso, culpa de un terremoto,
y que dejaste así. No es que en verdad hubieses elegido
dejarlo en ese estado. “No hay nada menos real
que el presente”, dijiste.

Cuando intento llorar y no me salen lágrimas,
se me contrae la garganta, igual
que se me contraían los pies cuando corría
inconsciente hacia el mar congelado, en la hora
de natación, cuando iba a visitar
a Nik al campamento de verano.
Lo que me duele no es sólo tu ausencia,
pálida y apagada, irrevocable,
sino saber íntimamente tus aspiraciones,
la profesora que llevabas dentro,
la artista que buscaba ser reconocida.

A los que no te conocieron,
tu esfuerzo inclaudicable por aprender
seguramente les parezca un triunfo;
para mí es algo muy conmovedor.
Yo sé bien cuán perpleja te sentías.
Yo sé que fui la única que supo
cuán sola te sentías.
La huerfanita flaca,
reservada, orgullosa, observadora,
irreverente aún a los noventa,
y sin embargo humilde.

“El forzar la consciencia”, subrayaste en Panofsky,
“es peor” (esta cita es de Castellio)
“que asesinar a un hombre con crueldad,
porque negar las propias convicciones
destruye el alma”.
Y dice Bruno:
“La época en que a mí me ha tocado vivir,
en la que vivo y viviré, me hace temblar y tambalear
y a la vez me sostiene”.

Cinco meses
antes de que murieras, me recordaste las canciones
que solías cantarme para que yo aprendiera
a contar, o las veces que bailábamos
al son de tus canciones;
bajo la luna, alegremente, cantabas y hacías mímica:

Tengo muy sucios los zapatos,
y ya no tienen casi suela,
y yo no tengo ni un bolsillo
para meter una moneda.

Una torta del día de los muertos,
señora, por favor,
una torta del día de los muertos.

Y sin embargo, en esa época,
hacía dos años que casi no me escuchabas
y que apenas veías para leer.

Cada vez nos hablábamos
menos.

La pena es mucha. Madre,
¿qué hago con ella?
La sal sigue moliéndose en la cajita mágica.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Precioso último verso.


M.

8:32 a.m.  
Blogger Marxe said...

Maravillosa Denise, y qué poco difundida. ¡Gracias!

5:29 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

Felicidades, E.!

Que pases un feliz día de cumpleaños.

M.

5:54 a.m.  

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