17.9.09

Uno de Claudio Rodríguez

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Hola, querido Ezequiel, me alegra ver que tienes tan buen gusto. Claudio es magnífico y este es un poema absurdamente rotundo, y digo absurdamente porque en su opacidad y ausencia de referencialidad le llega a todo el mundo. Un abrazo,
Alberto

11:32 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

Muchas veces, cuando paso por aquí a leer, casi siempre mejor dicho, tengo que volver a éste... parece que está hecho de una pasta imperecedera (como todos los buenos poemas, dirás... con razón), pero es más que eso para mí: es una cualidad imperecedera por la sutileza del tejido que lo compone: sutileza potente, inoxidable: es luz, un tanto fría, sí, pero absolutamente inagotable, inextinguible... si siquiera el punto final te dejan la sensación de "extinto".

M.

2:38 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

Errata "ni siquiera el punto final te deja"

M.

2:58 p.m.  

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