9.2.12

Caminás por ahí (John Ashbery)

¿Qué nombre tengo para vos?
Ciertamente, no hay nombre que te quepa
de la misma manera en que les cuadran
sus nombres a los astros. Caminás por ahí,

objeto, para algunos, de curiosidad,
pero estás demasiado preocupado
por la mancha en el fondo de tu alma,
para decir gran cosa, o pasear por ahí

sonriéndote a vos mismo y a los otros.
Esto empieza a volverse un poco solitario,
pero a la vez un poco desalentador.
Es contraproducente, te das cuenta,
al ver una vez más que el camino más largo
es el más eficiente, ése que serpenteaba por las islas,
y que siempre creías recorrer en círculos.
Y ahora que el final se acerca,

el viaje y sus segmentos se abren como naranja desgajada.
Hay luz ahí, y misterio; y hay comida.
Vení a ver eso. No vengas por mí,
más bien vení por eso.
Pero si sigo ahí, permití que tal vez podamos vernos.

6.2.12

Uno de Daniel Saldaña París

LA PRIMERA PERSONA




La cita de Byron que me enviaste me deprimió mucho a las 7:55, una hora récord. Fue una de esas tristezas repentinas que me hacen planear el playlist de mi velorio. ¿A qué quieres jugar hoy: a los parámetros o a las categorías? Ambos tienen sus ventajas: el uno organiza provisionalmente nuestros afectos y el otro domestica las cosas del mundo. (Mi categoría favorita es “Objetos que empiezan por la letra M”.) Los parámetros, claro, y aunque no nos encante, son más lo nuestro: podemos hacerlos y deshacerlos y darles la vuelta en el mismo día: es un juego infinito que, en cierto sentido, diluye nuestro deseo.


Ayer, mientras cenábamos, se abrió una puerta a otra dimensión junto a nosotros. Te debo una categoría por cumplir los treinta años. Por dos mil pesos mensuales, ¿te cambiarías el nombre a “Personita”? Mensajearnos es una forma de hacer origami con el tedio. ¿Tú crees que existe un límite de tolerancia a la ambigüedad distinto para cada individuo? Si sí, el mío debe de estar a la vuelta de la esquina, y me da miedo que alcanzarlo signifique el derrumbe de todo esto.


Lo más cercano que conozco al mundo de la alquimia es el martini sucio. Tenemos una enfermedad que se llama criptomanía. Hay relaciones que se sostienen en una complicidad exclusivamente lingüística (cuando tienen problemas van al semiólogo). Entre las palabras que no sé si me gustan yo pondría crinolina. Hay otras relaciones basadas en la creación de rituales. El desmoronamiento de una personalidad deja la mesa llena de migas: si las reúnes y las amasas, puedes modelar fetiches. (Esta es la primera vez que, mientras escribo, aprendo algo sobre mí mismo.)

La Primera Persona tiene la secreta convicción de que las hormas para zapato son en realidad complejos aparatos de tortura. Tiene, como Constanza, una arraigada fascinación por los autómatas, aunque no es, ni remotamente, un erudito. Su concepción de la prosa es más bien burda: red que sirve para atrapar a las mariposas del sentido. La Primera Persona se refugia en una región paradisíaca de sí mismo cuando sospecha que afuera todo se está yendo a la chingada. Sus circundantes no lo advierten, excepto quizás en el hecho de que tiene blackouts ortográficos.

Decir de la Primera Persona que es un diletante sería un eufemismo: en realidad no hace nada. Pasa las tardes viendo pornografía o abandonando libros a media lectura. No llegaría al extremo de calificar de “culpables” a sus placeres, pero es justo decir que atenta contra sí mismo. La Primera Persona está henchido de posibilidades, como un globo de helio que puede perderse o quedar enganchado en las ramas de un árbol. Su aparato digestivo y su capacidad para olvidar son sistemas análogos.


Todas las decisiones que tomo son tajantes y algunas de ellas son hermosas como las lámparas de araña, y tienen mil cristales tornasoles y un juego complejísimo de luces. Todas son arbitrarias hasta cierto punto y resplandecen en el techo de mi cuarto cuando tardo un poco más en conciliar el sueño. Están como estrellitas fluorescentes, mis decisiones, y componen galaxias provisorias o se hacen las genuinas en mi cielorraso, que rota y se modifica con un vértigo discreto.

2.2.12

Un lugar distinto (Mark Strand)

Entro
en la luz
que hay

que no alcanza a cegarme
ni me permite ver con claridad
lo que ha de suceder

y sin embargo veo
el agua
el barco solo
el hombre ahí de pie

no es alguien que conozca

es un lugar distinto
la luz que hay se cierne
como una red
sobre la nada

lo que ha de suceder
ya ha sucedido antes
de esta misma manera

es el espejo
donde duerme el dolor
es el país
que no visita nadie.

30.1.12

Uno de Paula Abramo

INVOCACIÓN BASTANTE ABSTRUSA



Que venga el gesto deíctico
enhiesto de hierba hipotética,
hirsuto de oxitonísimas iotas
e índice enfático. Que diga:
mira despacito, observa
el mar que todavía no es,
pero será,
sin duda será,
iterativamente oleando,
goteando en cuerpos de bañistas,
casi casi como si el gerundio no fuera suficiente.
Que venga y diga como sin querer:
mira
la mañana de gatos que vuelven
a su diurna máscara de sueño.
Y que luego se vaya el gesto deíctico,
agotado hasta la ronquera
de tanto indicar ése, allá, que se vaya
diciendo yo, aquí, yo,
hasta saciarse.

26.1.12

Uno de Alejandro Albarrán Polanco

EL AFILADOR



Un poema que sea un afilador cruzando la avenida sonando su
sicú. “El afilador”, gritará una niña, corriendo por el pasillo
de su casa para avisarle a su mamá. La madre, seguramente,
le dará a la niña los cuchillos que ya no cortan, los que
esperan en un cajón en la cocina. Alguien en esa casa, antes de
dormir, pensará en el filo. En los cuchillos dentro de un cajón
especial en la cocina. Y ese pensamiento será oscuro, pero
habrá un brillo repentino, el del cuchillo, el de los cuchillos,
un brillo como una escena de cine: oscuro, oscuro: brillo.
Su cabeza entonces estará repleta de cuchillos sin filo. Su
cabeza será el cajón de la cocina. Pensará en el precipicio.
Pensará en saltar. Siempre me he imaginado el filo como un
límite. “Estás al filo de…”, ¿al filo de qué? Del precipicio.
Será por los desfiladeros. Entonces me veo parado en el filo de
una montaña o de un edificio, me veo parado en el borde de un
cuchillo. Entonces me imagino la caída. Allá voy, de espaldas
y sin ojos, voy cayendo. ¿Vienes conmigo? A veces quiero
que los poemas sean un afilador cruzando la avenida sonando
su sicú, para salir corriendo por los pasillos de la casa vieja
de mi madre, para que ponga en mis manos los cuchillos, los
que guardaba en un cajón especial en la cocina, y dárselos al
afilador y regresar a casa, y acostarme, y quedarme ahí, en mi
cama, con mi cabeza oscura, imaginando el brillo.

23.1.12

La música que oí (Conrad Aiken)

La música que oí con vos fue más que música
y el pan que compartí con vos fue más que pan:
ahora que no estás, todo está desolado
y todo lo que alguna vez fue hermoso está muerto.

Alguna vez tocaron la mesa y la vajilla
tus manos, y tus dedos tomaron esta copa.
Estos objetos ya te han olvidado, amada:
sin embargo, tu huella en ellos permanece.

Porque en mi corazón pasaste junto a ellos,
bendiciéndolos con tus manos y tus ojos:
siempre, en mi corazón, ellos van a acordarse
de que te conocieron, hermosa y sabia mía.

19.1.12

Pasé una vez por una ciudad muy populosa (Walt Whitman)

Pasé una vez por una ciudad muy populosa, grabando en mi cerebro, para uso futuro, sus espectáculos, su arquitectura, sus costumbres y sus tradiciones;
y, sin embargo, ahora, de toda esa ciudad, recuerdo solamente a una mujer que por casualidad conocí allá, que me detuvo con su amor por mí;
todos los días y todas las noches estuvimos juntos; de todo lo demás ya me olvidé hace tiempo;
y digo que recuerdo sólo a esa mujer que con tanta pasión se aferró a mí;
otra vez deambulamos, nos amamos, nos separamos otra vez;
ella otra vez me toma de la mano y no me puedo ir.
La veo junto a mí, con labios silenciosos, triste y trémula.