9.11.09

Hora pico (Amy Benoit)

Cuando me subí al subte esta mañana,
tuve que atravesar a los codazos
una pared de gente. Una vez dentro
del vagón, asfixiada y comprimida,
vi que, ocupando una butaca entera
del fondo, había un perro de la calle
que dormía olvidado de sí mismo
y todo lo demás, plácidamente
inflando y desinflando los pulmones.
Nosotros somos, me parece a mí,
un poco como él: nos abandonan
al mundo, deambulamos sin propósito,
y en ese olvido de nosotros mismos,
sin razón aparente nos cobijan,
nos dan amor, nos dejan que durmamos,
y todos los demás son de otra especie.

5.11.09

me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo (e.e. cummings)

me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo
es una cosa tan pero tan nueva
los músculos mejores y más nervios
tu cuerpo a mí me gusta. y lo que hace.
sus cómos. la columna vertebral
y me gusta sentir todos tus huesos
y el temblor y la firme suavidad
que yo habré una y otra y una vez,
de besar, y me gusta besarte esto y aquello
me gusta acariciar con lentitud
y sentir la descarga de tu piel eléctrica
y lo que sea que viene sobre la carne abierta…
y ojos como grandes migas enamoradas

y quizá hasta me guste el estremecimiento

de vos debajo mío tan tan nueva

2.11.09

Hasta que la muerte los separe (Amy Benoit)

Después de convertirte de un momento
a otro en un extraño, te paraste
súbitamente de la silla y fuiste
al dormitorio, con apuro, a hacer
en nervioso silencio la valija
que te iba a acompañar cuando te fueras
a dormir por un tiempo en el sofá
o en el cuarto de huéspedes de alguien.
Mientras te oía desde el comedor
revolver el placard y los cajones
con tu silla vacía frente a mí,
me acordaba de nuestro casamiento:
demasiada atención reconcentrada
en un único punto; ambos borrachos,
sobrellevando el afectuoso asedio
de parientes, amigos e invitados,
cumpliendo uno por uno los rituales
que nos permitirían, tras la fiesta,
ir a dormir y ser al día siguiente
ligeramente iguales que antes. Pero
me acordé sobre todo de los votos
que formulamos ante el sacerdote,
y pensé en sus palabras, tantas veces
repetidas: “…en la prosperidad
como en la adversidad, en la salud
como en la enfermedad…”
; y me acordé,
la vez que te operaron del apéndice,
que cuando te llevaban al quirófano
levantaste el pulgar y me sonreíste
confiado: esa confianza es nuestro amor
y acabás de quebrarla. “A quienes Dios
ha unido…”
, repetía el sacerdote,
“…no los separe el hombre”, aunque también
dijo “…hasta que la muerte los separe”,
y ahora no dudo que las almas son
al fin solteras en la eternidad.

29.10.09

Hombres a la salida del trabajo (Dana Gioia)

A la salida del trabajo, están sentados solos en un bar
o en algún restaurante, ocupando una mesa o en la barra,
esperando el menú, o que les traigan agua,
o que venga la moza y les tome el pedido,
siempre por decir algo, casi sin apetito,
sabiendo que no hay nada en el menú que quieran,
esperando pacientes que les llenen
una vez más la taza con café, sorprendidos
de que ni su amargura los pueda despertar.
Igual la saborean, paladeando
la tibieza en la boca, este último sorbo de la noche.

26.10.09

Luz (Robin Myers)

"Yo creo que al final es todo luz; creo que es aire"
--Larry Levis



Yo creo que al final es todo luz. Pero no, finalmente,
porque sea algo hermoso o temporario, ni siquiera solemne. Una vez,

con un hombre del que estaba enamorada, fuimos al bosque a caminar y de repente se largó a llover.]
No estaba en nuestros planes. Pero igual le encantó; él era de Wyoming,

y estaba acostumbrado a amar aquellas cosas que el mundo decidía que podía manejar sin previo aviso].
Sacudía los árboles la lluvia. Convertía el sendero en un riachuelo, levantaba la tierra,

y a mí me parecía que jamás volvería a estar seca. Pero cuando llegamos hasta un risco]
y miramos abajo, en dirección al valle, vimos que el sol se abría paso a través de las nubes

que antes lo ocultaban: súbitamente, la tormenta era una tormenta de luz.
Se tiñó todo el valle de un naranja profundo, los árboles brillaban doblemente:

antes por el otoño, ahora por el sol. El hombre
contemplaba, asombrado, el barro reluciente ante nosotros.

Yo creo que al final es todo luz, pero no porque cambie lo que toca.
Yo creo que él creía que estar ahí

nos convertía a ambos en parte del paisaje –y me tocó la cara,
donde tenía lluvia todavía, y quizá algo de luz-; y también me parece que creía

que de algún modo éramos responsables, en el sentido, al menos, de que siempre
lo somos de las cosas que decidimos ver. Yo creo que al final es todo luz,

no, sin embargo, porque nos bendiga o nos borre: sentí, al bajar
por la ladera, una especie de incómoda ternura por el cuerpo

que tenía a mi lado, este hombre cuya mano había tocado mi piel,
como si de verdad todo esto se tratara de su mano y mi piel; cuyo amor por el mundo

siempre será más fuerte cada vez que pose la mirada sobre él y mire cómo el sol
resalta todo aquello que él sabe verdadero. Pasamos por al lado de un arroyo

salpicado por esquirlas de luz, como si fueran peces.
Vimos la luz filtrarse por el aire. Y así vimos el aire. Yo pienso que al final es todo luz, pero tan sólo]

porque no guarda relación alguna con nosotros, no nos puede ayudar,
tan sólo iluminarnos, de la misma manera en que ilumina una fila de árboles,

una ruta desierta, sábanas arrugadas al amanecer tras la partida del amante.
Pienso que todo es luz, porque nos encendemos y después nos apagamos,

luego nos encendemos otra vez, le demos importancia
o no a ese hecho. Porque no. No podemos.

22.10.09

En la tierra de Chandler (Dana Gioia)

California de noche. Un viento demoníaco,
el Santa Ana, sopla desde el este,
y atraviesa el cañón, rugiendo cual borracho
que armara un alboroto en algún bar.
El viento trae
perfume de colillas apagadas. Pero, ¿por qué quejarse?
Hace buen tiempo, mientras no respires.
Apoyate en los muebles manchados de sudor,
con la luz apagada, cerradas las ventanas
para evitar que entre la tormenta,
y decí tus plegarias.
Otra noche de insomnio:
cada arruga en las sábanas te raspa
como una gilette seca en la mejilla
quemada por el sol; el whisky más añejo
te quema la garganta como arena;
sin hacer ruido, en la cocina de su casa,
una mujer recorre el filo de un cuchillo con los dedos
mientras mira de reojo el cuello del marido. Yo le deseo suerte.

Se me ocurre esta noche que si acaso sacara las monedas
que tengo en el bolsillo y las tirara al aire
brillarían por un instante, detenidas,
como una red que se sumerge, lenta,
en las aguas oscuras.
Yo recuerdo
las luces de los autos estacionados en la playa,
esos delgados haces disolviéndose en la oscura
superficie del lago, las voces discutiendo
sobre los formularios, el crujir de la radio,
el cadáver cubierto que yacía en la arena,
con la red junto a él, aún húmeda. No,
no era hermosa, pero tenía la edad
en que la juventud es en sí misma bella:
“¿Cuida los intereses de sus clientes, Marlowe?”.

Sigue soplando sin cesar el viento. En la casa de al lado,
los perros captan un olor y aúllan.
Esbeltos y furiosos, con los ojos rojos por la tormenta,
manadas de coyotes bajan de las colinas,
en donde ya no hay nada que cazar.

19.10.09

Volar sobre las nubes (Dana Gioia)

No hay paisaje terrestre: sólo nubes,
pródigas nubes, vistas desde lo alto,
aún brillantes al llegar la noche.

Suaves valles tapados por la nieve,
cataratas de hielo y aire, no
blancura sino un sueño de blancura,
una inocencia que en la tierra sólo
se podría sentir por un instante,

al despertar al alba inesperada,
luego de una tormenta, una mañana
invernal, y encontrar las negras calles
inmaculadas bajo el sol, cubiertas
por carradas de nieve reluciente,
antes del primer pie o del primer auto.

Es extraño este mundo que no vieron
los antiguos jamás, y sin embargo
sus palabras nos vienen a la mente:
cumuli, cirrus, nimbus, esos nombres
mágicos que nos traen, todos juntos,
los elementos dispersos del aire.

Oh, paraíso tras la ventanilla,
lejos de nuestro alcance, nubiloso,
agitándose al viento. Delicado
mundo de aire delgado, irrespirable,
de un frío inconcebible.
Y una nada
donde se copian los deseos nuestros:
no de muerte, de tu olvido que fluye
de insustanciales albas y crepúsculos,
de tu blancura que se quema al sol.

El avión va al oeste y gana tiempo.
Cede la oscuridad. Más adelante
el cielo resplandece, despejado.