6.5.09

La travesía de los Reyes Magos (T. S. Eliot)

“Pasamos mucho frío en el camino,
la época del año más difícil
para emprender un viaje, y más uno tan largo:
los caminos cubiertos de nieve, el tiempo gélido,
el momento más crudo del invierno”.
Los camellos estaban irritados, con las patas deshechas;
se negaban a andar, echándose en la nieve
que empezaba a fundirse. A veces extrañábamos
nuestros palacios de verano en las laderas, las terrazas
y las muchachas suaves como seda que nos traían sorbetes.
Después los camelleros comenzaron a gruñir y a quejarse,
y a irse, y a exigir su alcohol y sus mujeres;
y luego no podíamos mantener las fogatas encendidas de noche,
faltaban los refugios en donde cobijarse,
y las ciudades eran hostiles y los pueblos poco hospitalarios,
y las aldeas sucias y los precios
que nos pedían en ellas muy exagerados:
pasamos una dura travesía.
Al final, preferíamos viajar toda la noche,
durmiendo a ratos, mientras al oído
nos cantaban las voces que decían
que todo aquello era una locura.

Luego, al alba, bajamos hasta un valle templado,
húmedo, por debajo de la línea de nieve, donde ya se sentía
el olor de los árboles, y había un arroyuelo y un molino
que agitaba las aspas cortando la tiniebla,
y contra el cielo bajo había tres árboles.
Y vimos a un caballo blanco, viejo,
alejarse al galope por el prado.
Después llegamos hasta una taberna
que tenía unas hojas de parra en el dintel;
junto a la puerta abierta, seis manos suplicantes
hacían tintinear moneditas de plata,
al tiempo que unos pies daban patadas a los odres vacíos.
Pero nadie nos supo brindar información, así que continuamos
hasta llegar, de noche –y ni un momento antes–,
al lugar indicado; se podría decir que era satisfactorio.

Todo esto fue hace mucho tiempo, según recuerdo,
y lo haría otra vez, pero quiero dejar esto asentado:
¿nos embarcamos en tamaña travesía para ver
un Nacimiento o una Muerte? Hubo
un Nacimiento, sí. Tuvimos prueba de ello
y no quedaron dudas. Yo había visto antes
nacimientos y muertes, pero entonces
me habían parecido diferentes;
para nosotros este Nacimiento
fue como una agonía amarga y dolorosa,
como la Muerte, nuestra muerte. Luego
marchamos de regreso a estos Reinos, nuestras tierras,
pero nunca volvimos a sentirnos
a gusto con el orden de las cosas,
entre una gente extraña aferrada a sus dioses.
Me sentiría dichoso de encontrar otra muerte.

4 Comments:

Blogger evA said...

qué bien.

11:24 a.m.  
Blogger zaidenwerg said...

Para mayor deleite, confrontar con este poema de Luis Cernuda:

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS


I

VIGILIA

Melchor

La soledad. La noche. La terraza.
La luna silenciosa en las columnas.
Junto al vino y las frutas, mi cansancio.

Todo lo cansa el tiempo, hasta la dicha
Perdido su sabor después amarga,
Y hoy sólo encuentro en los demás mentira,
Aquí en mi pecho aburrimiento y miedo.
Si la leyenda mágica se hiciera
Realidad algún día...

La profética
Estrella, que naciendo de las sombras
Pura y clara, trazara sobre el cielo,
Tal sobre faz etíope una lágrima,
La estela misteriosa de los dioses.
Ha de encarnarse la verdad divina
Donde oriente esa luz.

¿Será la magia,
Ida la juventud con su deseo,
Posible todavía? Si yo pienso
Aquí bajo los ojos de la noche,
No es menor maravilla; si yo vivo,
Bien puede un Dios vivir sobre nosotros.
Mas nunca nos consuela un pensamiento,
Sino la gracia muda de las cosas.

Qué dulce está la noche. Cuando el aire
A la terraza trae desde lejos
Un aroma de nardo, y como un eco
El són adormecido de las aguas,
Siento animarse en mí la forma vaga
De la edad juvenil con su dulzura.

Así el tiempo sin fondo arroja el hombre
Consuelos ilusorios, penas ciertas,
Y así alienta el deseo. Un cuerpo solo,
Arrullando su miedo y su esperanza,
Desde la sombra pasa hacia la sombra.

Mas tengo sed. ¡Lágrimas de la viña,
Frescas al labio con frescor ardiente,
Tal si un rayo de sol atravesara
La neblina! ¡Delicia de los frutos
De piel tersa y oscura, como un cuerpo
Ofrecido en la rama del deseo!

Señor, danos la paz de los deseos
Satisfechos, de las vidas cumplidas.
Ser tal la flor que nace y luego abierta
Respira en paz, cantando bajo el cielo
Con luz de sol, aunque la muerte exista:
La cima ha de anegarse en la ladera.


Demonio

Gloria a Dios en las alturas del cielo,
Tierra sobre los hombres en su infierno.


Melchor

Sin que su abismo lo profane el alba,
Pálida está la noche. Y esa estrella
Más pura que los rayos matinales,
Al dar su luz palpita como sangre
Manando alegremente de la herida.
¡Pronto, Eleazar, aquí!

Hombres que duermen
Y de un sueño de siglos Dios despierta...
Que enciendan las hogueras en los montes,
Llevando el fuego rápido la nueva
A las lindes de reinos tributarios.
Al alba he de partir. Y que la muerte
No me ciegue, mi Dios, sin contemplarte.


II

LOS REYES

Baltasar

Como pastores nómadas, cuando hiere la espada
del invierno,
Tras una estrella incierta vamos, atravesando
de noche los desiertos,
Acampados de día junto al muro de alguna
ciudad muerta,
Donde aúllan chacales; mientras, abandonada
nuestra tierra,
Sale su cetro a plaza, para ambiciosos o charlatanes
que aún exploten
El viejo afán humano de atropellar la ley, el
orden.
Buscamos la verdad, aunque verdades en abstracto
son cosa innecesaria,
Lujo de soñadores, cuando bastan menudas
verdades acordadas.
Mala cosa es tener el corazón henchido hasta
dar voces, clamar por la verdad, por la justicia.
No se hizo el profeta para el mundo, sino el
dúctil sofista
Que toma el mundo como va: guerras, esclavitudes,
cárceles y verdugos
Son cosas naturales, y la verdad es sueño, menos
que sueño, humo.


Gaspar

Amo el jardín, cuando abren las flores serenas
del otoño,
El rumor de los árboles, cuya cima dora la luz
toda reposo,
Mientras por la avenida el agua esbelta baila
sobre el mármol
Y a lo lejos se escucha, entre el aire más denso,
un pájaro.
Cuando la noche llega, y desde el río un viento
frío corre
Sobre la piel desnuda, llama la casa al hombre,
Hecha voz tibia, entreabiertos sus muros como
una concha oscura,
Con la perla del fuego, donde sueño y deseo
juntan sus luces puras.
Un cuerpo virgen junto al lecho aguarda desnudo,
temeroso,
Los brazos del amante, cuando a la madrugada
penetra y duele el gozo.
Esto es la vida. ¿Qué importan la verdad o el
poder junto a esto?
Vivo estoy. Dejadme así pasar el tiempo en
embeleso.


Melchor

No hay poder sino en Dios, en Dios sólo perdura
la delicia;
El mar fuerte es su brazo, la luz alegre su sonrisa.
Dejad que el ambicioso con sus torres alzadas
oscurezca la tierra;
Pasto serán del huracán, con polvo y sombra
confundiéndolas.
Dejad que el lujurioso bese y muerda, espasmo
tras espasmo;
Allá en lo hondo siente la indiferencia virgen
de los huesos castrados.
¿Por qué os doléis, ¡oh reyes!, del poder y la
dicha que atrás quedan?
Aunque mi vida es vieja no vive en el pasado,
sino espera;
Espera los momentos más dulces, cuando al alma
regale
La gracia, y el cuerpo sea al fin risueño, hermoso
e ignorante.
Abandonad el oro y los perfumes, que el oro
pesa y los aromas aniquilan.
Adonde brilla desnuda la verdad nada se necesita.


Baltasar

Antífona elocuente, retórica profética de raza
a quien escapa con el poder la vida.
Pero mi pueblo es joven, es fuerte, y diferente
del tuyo israelita.


Gaspar

Si el beso y si la rosa codicio, indiferente hacia
los dioses todos,
Es porque beso y rosa pasan. Son más dulces
los efímeros gozos.


Melchor

¡Locos enamorados de las sombras! ¿Olvidáis,
tributarios,
Cómo son vuestros reinos del mío, que aún
puedo sujetaros
A seguir entre siervos descalzos, el rumbo de
mi estrella?
¿Qué es soberbia o lujuria ante el miedo, el
gran pecado, la fuerza de la tierra?


Baltasar

Con tu verdad pudiera, si la hallamos, alzar
un gran imperio.


Gaspar

Tal vez esa verdad, como una primavera, abra
rojos deseos.


III

PALINODIA DE LA
ESPERANZA DIVINA

Era aquel que cruzábamos, camino
Abandonado entre arenales,
Con una higuera seca, un pozo, y el asilo
De una choza desierta bajo el frío.
Lejos, subiendo entre unos riscos,
Iba el pastor junto a sus flacas cabras negras.
Cuando tras de la noche larga la luz vino,
Irisando la escarcha sobre nuestros vestidos,
Faltas de convicción, las cosas escaparon
Tal en un sueño interrumpido.

Padecíamos hambre, gran fatiga.
Al lado de la choza hallamos una viña
Donde un racimo quedaba todavía,
Seco, que ni los pájaros habían
Querido. Nosotros lo tomamos:
De polvo y agrio vino el paladar teñía.
Era bueno el descanso, pero
En quietud la indiferencia del paisaje aísla,
Y añoramos la marcha, la fiebre de la ida.

Vimos la estrella hacia lo alto,
Que estaba inmóvil, pálida como el agua
En la irrupción del día, una respuesta dando
Con su brillo tardío del milagro
Sobre la choza. Los muros sin cobijo
Y el dintel roto, se abrían hacia el campo,
Desvalidos. Nuestro fervor helado
Se volvió tal viento de aquel páramo.

Dimos el alto. Todos descabalgaron.
Al entrar en la choza, refugiados,
Una mujer y un viejo sólo hallamos.

Pero alguien más había en la cabaña:
Un niño entre sus brazos la mujer guardaba.
Esperamos un dios, una presencia
Radiante e imperiosa, cuya vista es la gracia,
Y cuya privación idéntica a la noche
Del amante celoso sin la amada.
Hallamos una vida como la nuestra humana,
Gritando lastimosa, con ojos que miraban
Dolientes, bajo el peso de su alma
Sometida al destino de las almas,
Cosecha que la muerte ha de segarla.

Nuestros dones, aromas delicados y metales
puros,
Dejamos sobre el polvo, tal si la ofrenda rica
Pudiera hacer el dios. Pero ninguno
De nosotros su fe viva mantuvo,
Y la verdad buscada sin valor quedó toda,
El mundo pobre fué, enfermo, oscuro.
Añoramos nuestra corte pomposa, las luchas y
las guerras,
O las salas templadas, los baños, la sedosa
Carne propicia de cuerpos aún no adultos,
O el reposo del tiempo en el jardín nocturno,
Y quisimos ser hombres sin adorar a dios alguno.


IV

SOBRE EL TIEMPO PASADO

Mira cómo la luz amarilla de la tarde
Se tiende con abrazo largo sobre la tierra
De la ladera, dorando el gris de los olivos
Otoñales, ya henchidos por los frutos maduros;

Mira allá las marismas de niebla luminosa.
Aquí, año tras año, nuestra vida transcurre,
Llevando los rebaños de día por el llano,
Junto al herboso cauce del agua enfebrecida;

De noche hacia el abrigo del redil y la choza.
Nunca vienen los hombres por estas soledades,
Y apenas si una vez les vemos en el zoco
Del mercado vecino, cuando abre la semana.

Esta paz es bien dulce. Callada va la alondra
Al gozar de sus alas entre los aires claros.
Mas la paz, que a las cosas en ocio santifica,
Aviva para el hombre cosecha de recuerdos.

Tiempo atrás, siendo joven, divisé una mañana
Cruzar por la llanura un extraño cortejo:
Jinetes en camellos, cubiertos de ropajes
Cenicientos, que daban un destello de oro.

Venían de los montes, pasados los desiertos,
De los reinos que lindan con el mar y las nieves,
Por eso era su marcha cansada sobre el polvo
Y en sus ojos dormía una pregunta triste.

Eran reyes que el ocio y poder enloquecieron,
En la noche, siguiendo el rumbo de una estrella,
Heraldo de otro reino más rico que los suyos.
Pero vieron la estrella pararse en este llano,

Sobre la choza vieja, albergue de pastores.
Entonces fué refugio dulce entre los caminos
De una mujer y un hombre sin hogar ni dineros:
Un hijo blanco y débil les dió la madrugada.

El grito de las bestias acampando en el lleno
Resonó con las voces en extraños idiomas,
Y al entrar en la choza descubrieron los reyes
La miseria del hombre, de que antes no sabían.

Luego, como quien huye, el regreso emprendieron.
También los caminantes pasaron a otras tierras
Con su niño en los brazos. Nada supe de ellos.
Soles y lunas hubo. Joven fuí. Viejo soy.

Gentes en el mercado hablaron de los reyes:
Uno muerto á regreso, de su tierra distante;
Otro, perdido el trono, esclavo fué, o mendigo;
Otro a solas viviendo, presa de la tristeza.

Buscaban un dios nuevo, y dicen que le hallaron.
Yo apenas vi a los hombres; jamás he visto
dioses.
¿Cómo ha de ver los dioses un pastor ignorante?
Mira el sol desangrado que se pone a lo lejos.


V

EPITAFIO

La delicia, el poder, el pensamiento,
Aquí descansan. Ya la fiebre es ida.
Buscaron la verdad, pero al hallarla
No creyeron en ella.

Ahora la muerte acuna sus deseos,
Saciándolos al fin. No compadezcas
Su sino, más feliz que el de los dioses
Sempiternos, arriba.

11:32 a.m.  
Blogger toto scurraby said...

entre una gente extraña aferrada a sus dioses

esta parte me hizo a en una estacion del metro

saludos desde bahia eze

9:44 a.m.  
Blogger bea said...

....todo depende de la idea que se tenga de dios.
"por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día". 2Corintios 4:16

gracias ezequiel por tan hermosos textos.
beatriz

1:02 p.m.  

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